23Tue052017

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Una vez y para siempre

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Hace unos trescientos, cuatrocientos o quinientos años, solían andar en Lekeitio, como en otros muchos pueblos, en noche cerrada, algunos que se llamaban penitentes con un cilicio en la mano y desnudos de cintura arriba. La villa estaba rodeada de murallas. Cada una de ellas tenia una puerta y sobre ella la imagen de algún santo. Los penitentes se paraban frente a aquellas imágenes y se disciplinaban fuertemente.

Entonces, al igual que en nuestros días, los que mas temprano se levantaban eran los pescadores. Y a la mayoria de ellos les producia miedo el ver a algún penitente. Para saber cuando tenian que ir y cuando no aquellos hombres a la mar, solía haber un atalayero encargado de la misión de levantarse antes que ningún otro e ir él solo a examinar como estaba la mar. En presencia de aquel atalayero mencionaron una vez aquellos hombres el asunto de los penitentes y el miedo que les producia el verlos.

--Chili, ¿tú no te asustas cuando ves a alguno de éstos?

--;Yo asustarme! Con frecuencia he visto yo alguuo que otro de esos a la madrugada, ¿pero temblar? Es, señores, bien pequeño el corazón que tiembla por cositas de nada.

--Luego no vale el decir una cosa y hacer otra. Chili, si a eso de la media noche, en una noche obscura, en que no se ve ni la propia sombra, estando tu solo, si se te apareciera un penitente como un gigante, descubierto, descalzo y medio desnudo, ¿no tendrías miedo?

--Mira, aunque el mismo demonio se me apareciera, vestido de penitente, y me dijera que le siguiese, no tendría yo miedo y no echaría pie atras. ¿Que corazón es el corazón que tiembla? ¿Creeis acaso que lo tenemos colgado de alguua vena?

A la mañana siguiente, levantándose, como de costumbre, muy temprano, cuando fue Chili a la atalaya a explorar la mar y las nubes, vio una cosa, y de grandes dimensiones, que venía hacia él desde la atalaya de arriba. De puro negro producia sombra aún en la obscuridad. Cuando se le acercó:

--Buenas noches, compañero--le dijo Chili--, madrugamos mucho.

--Temprano o tarde ¿a ti que te importa?

--Este muchacho viene enfadado. Pues tampoco somos nosotros malos elementos para riñas. ¿Quien eres tu, rayo?

--¿No me ves?

--Yo no muy bien, a no ser el azote de esta tu manaza. Apostaría que estoy hablando con algun penitente loco. ¿Por donde andas tu?

--No tengo tiempo para ocuparme en habladurias; pero te diré, con la condición de que no me dirijas mas preguntas. Toda la noche estoy andando, sin saber por dónde, y sin más compañia que mi sombra. Si supiera por donde, quisiera llegar al pie del monte Oiz antes de amanecer.

--¡Antes del amanecer! ¡Hmmmm! Ni tampoco aunque fueras el demonio del infierno.

--Si tuviera un buen compañero,si.

--Por ver eso...

--Ven.

--Pero yo...

--En tal caso, eres hombre de dos palabras.

--Yo no.

--¿No prometiste tú anoche que acompañarias a cualquier penitente?

--Pero...

--Tu no tienes mas que escusas y pretextos.

--¿Y quien demontre (rayo) llamara, si se ha de ir a la mar?

--Si hiciera mal tiempo, una marejada que las lanchas no pudiesen resistir ¿me seguirias?

--Si. ¿Por que no?

Al decir esto, no vio Chili en unos momentos al compañero de enfrente. Cuando se le apareció, siguieron en esta forma la conversación:

--He aquí fuerte vendaval y olas como esa isla.

--¡Rayo rojo! Eres mejor anunciador que yo.

--¿Vienes o no vienes?

--Vrayamos

Al momento llegaron Chili y su compañero bajo el arco de San Pedro. Al ver que el compañero seguia adelante, le preguntó:

--Amigo--le dijo Chili--, estas delante de una imagen santa. Si eres penitente de buena ley...

--¿Y a ti, que?

--A mi, personalmente, nada; pero...

--¿Tienes miedo?

--Miedo ¿por que?

--¿Me seguiras?

--Adonde quieras.

De allí al segundo arco, al del centro de la villa, no tenian mucho camino y aun yendo un poco más despacio hubieran llegado pronto. Tampoco entonces vió Chili a su compañero azotar su cuerpo y, con las manos en el sobaco, le dijo estas palabras:

--Si tu no tienes valor para azotar tu corpachón, si te parece igual, te lo azotaré yo por calentar las manos.

--¿Tienes ganas de calentarte? Ya te calentarás. Preguntas que no vienen a cuento dirigen los hombres de poco fuste.

--Pues tengo duda de que seas tan buen pez.

--¿Tienes miedo?

--¿por que me dices eso?

--¿Tienes rniedo?

--No, no tengo miedo.

La tercera puerta de la villa estaba en el arrabal denominado Atea en el camino que va de la villa hacía Amoroto. Encima de aquel arco se veia la imagen de la Virgen. Tampoco allí se detuvo el companero de Chili, pasando con la cabeza gacha, como avergonzado, sin hacer nada con el azote. Chili, aun entonces le hubiera dicho algo, si el otro, mirando de soslayo con chispeantes ojos como de tigre, no le hubiera dicho: "Adelante."

Cuando dejaron atras la última casa del pueblo, Chili (probablemente por hacerle decir algo al otro), le dijo que estaba sudando y que aun andando mas despacio llegarían.

--¡Sudor! Tú, cobarde, estas sudando porque tienes miedo.

Cuando oyó que le llamó cobarde, cerró las dos manos e iba a decir y a hacer alguna burrada el forzudo atalayero; pero se imaginó ver en los dedos del compañero diez garras, torcidas como anzuelos, y quedó espantado, sin aliento y con la boca abierta.

--¿Tienes miedo, tú, cobarde y sin fuste?

--No--contestó, como bostezando; y sin darse cuenta entonces salió de su boca la primera mentira de su vida.

Más fatigado y más tarde de lo que creía Chili, llegaron al Cristo del Portal. Una vez allí, de no mostrar alguna senal de penitente, no le iba a acompañar mas adelante, aunque de labios del otro oyese palabras como friolero, cobarde, miedoso o cualquier otro insulto. Llegaron alguna vez. El compañero, por no ver la imagen del Cristo crucificado se adelantó por detras de la columna de piedra. Cuando Chili, con el deseo de decirle algo levanto la cabeza y abrió los ojos, se le figuró ver en el rostro del otro, hocico y dientes de cabra; y en la creencia que tenía un cosquilleo como el que da una cadena, al mismo tiempo que se frotaba el pescuezo con la mano, el de la cara de cabra le solto una gran carcajada.

--¿Tienes miedo? --le pregunto, pero no con palabras de hombre, sino con balidos de cabra. Chili nada le contesto.

Ambos iban cada vez mas aprisa, al parecer a porfía. Para dejar atras O]aeta, tuvieron que pasar por el puente de Lea, por la estrecha senda de Auria, a traves de Arrufain, y aunque aquellos parajes para pescar anguilas conocía tan bien como los rincones de su casa, no distinguió Chili ni casa ni río, ni puente, ni fábrica. Cuando llegaron a las inmediaciones de Oibar, se registró los pantalones, saco el rosario y empezó a rezar sus quince misterios.

--En vano--le dijo su compañero. El cual, como si se hubiera despertado de un sueño pesado, le miró con la boca abierta.

--En vano--le dijo el otro por segunda vez.

Chili, el pobrecito, estaba no pudiendo cerrar los ojos, cual, según dicen, suelen estar los pajaros delante de una culebra, ambos quietos, ambos mirándose mutuamente. Si el miedo mismo pudiera encarnarse y hacerse hombre, no estaria tan descolorido como estaba Chili. El seudo-penitente le mostraba una traza cual si cien rostros anduviesen dando vueltas en una rueda; parecía que los perros de ojos mas rojos y chatos, los chivos mas viejos y barbudos, los cerdos mas feos y sucios y otras muchas clases de animales parecidos a los citados, parecía que habian convenido en presentarse sobre sus espaldas.

Chili ¡el pobrecito! iba a caer cuando el otro, riendose a carcajadas, le dirigió por ultima vez la pregunta anterior:

--Chili, forzudo, escucha bien y responde una vez y para siempre, ¿Tienes miedo?

--Madre María (de) la Antigua, tengo miedo --dijo, y golpeando con la mano la puerta de la ermita de Oibar, cayó de bruces adentro.

Entonces el seudopenitente, con un rugido terrible que le salió de sus entrañas le dijo:

--Chili, otra vez deja en paz al demonio del infierno. Soy yo. He aqui la señal. Mío eras, mío. Da gracias a lo que tienes en la mano y al lugar en que estas.

Diciendo esto, dio un gran golpe a la puerta y allí dejó incrustadas las huellas de las cinco enormes garras de su mano.

La pequeña ermita aún hoy esta en pie y entera en Oibar, delante de Gizaburuaga, junto al rio, pero renovada.

En su puerta no aparecen, desde hace tiempo, las señales de las garras del demonio.

Se hizo mención de esta hermosa leyenda en el Prologo del primer tomo de esta Literatura popular del Pais Vasco. Siendo yo muy jovencito llegó a mis oídos de labios de José Francisco Maruri, en el mismo Lekeitio, pero mas cortita.