27Mon022017

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La leña y la maldición

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Antiguamente, la leña, por propio impulso, solía venir de las selvas y bosques a las casas. Una vez convinieron las ramas de un roble, diciendo,

--Vamonos al hogar de Fulano --y dando vueltas y tumbos en cuestas abajo, poco a poco y en cuestas arriba, llegaron, por fin, a la casa que querían.

Cuando la carga de leña llegó al portal y empezó a subir por la escalera, venía escalera abajo una vieja de lengua afilada. Estando frente por frente, ¿no se le ocurre a una punta de leña rasgar el vuelo de la saya de la anciana?

Como entonces nadie sabía lo que era el perdón, la brizna no se lo pidió a la vieja. Hubiera sido inutil el que se lo pidiera. ¡Era de ver la cara arrugada, colérica y de odio que puso la anciana! Sin mas, empezo a soltar maldiciones.

--¡De hoy en adelante, ojalá no pueda moverse ninguna lena!

Desde aquella fecha, quien quiera tener leña, suele tener que ir al bosque a buscarla.

Referido en Lekeitio por Aurora María de Azkue.