18Fri082017

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El seminarista Zatika en Salamanca

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Una viuda tenía un hijo que quería ser sacerdote. Por Dios y por todos los Santos, que él quería ser sacerdote, y consiguió su deseo el joven Zatika, de encima de Lekeitio. Aunque con grandes apuros y trabajos, reunía la madre el dinero que necesitaba y le envió a Salamanca a hacer sus estudios.

Antes de terminar toda la carrera, se le murió a Zatika la madre, y solía andar apurado para pagar el hospedaje y lo poco que compraba en las tiendas. Tuvo que dejar en deuda a un zapatero la compostura de unos zapatos. Esta deuda no era gran cosa: seis maravedies; pero el acreedor estaba terne que terne. Todo un mes debía en la fonda, y cuando le dijeron que si no entregaba dinero no le darían más ni mesa ni cama, le dió un desmayo al pobre Zatika, cayendo largo sobre la tierra. Era precisamente la epoca del colera.

Creyéndole muerto le llevaron a Zatika al camposanto. Cuando el zapatero se enteró de esto dicen que fue al cementerio, y con la lezna en la mano dijo estas terribles palabras,

--Hasta que me entregue los seis maravedies que me debe, nadie le enterrará a este.

Aquella misma noche cometieron un gran robo en el Banco. Los ladrones, para hacer la partición de lo robado, se fueron al camposanto, porque allí les dejarían en paz. Antes de llegar aquellos allí, estaban ya nuestros dos conocidos, Zatika, en el feretro, y el zapatero, en alguna esquina, acechando. Después que los ladrones colocaron por montones sus buenas y rojizas onzas de oro para repartirlas, quedó una onza, que la querían todos. El uno decía que le correspondía porque había sido él, el autor de la idea, el otro, que era suyo, porque había sido el primero que entró en el Banco. El que hacía de jefe les dijo,

--Señores, que esa sobrante onza sea para el que le corte la punta de la nariz al cadaver que ahí yace.

Al oír esto Zatika el estudiante, exclamó,

--Almas del Purgatorio, ayudadme--diciendo esto, se levantó del feretro.

Todos los ladrones huyeron abandonando allí todo su tesoro. El zapatero, cuando vió al estudiante recogiendo dinero, dijo que el necesitaba la mitad, y por las barbas le obligó a dársela. Cuando llenaron los bolsillos y faltriqueras de hermosos dineros rojos, le dijo el estudiante al compañero que tarde o temprano vendrían sin duda aquellos, y le añadió que sería conveniente ocultarse allí en alguna parte hasta que clareara el día.

Pronto se acercó allá un ladrón de los de antes, y hasta se metió dentro después de mirar a todas partes. Cuando, con mucho tiento, llego cerca del féretro, recordando el zapatero escondido lo que su compañero le adeudaba hacía ya tiempo,

--Tú--le grito--, ¿mis seis maravedies? ¿mis seis maravedies?

Al oir esto el ladrón, todo asustado, echo a correr, y llegando en un aliento donde sus companeros les dijo,

--Probablemente estan allí todos los del Purgatorio e Infierno, pues de todo el dinero que nosotros hemos dejado no les ha correspondido mas que a seis maravedies.

Con los dineros de allí, Zatika se hizo hombre y sacerdote. El zapatero dejo su tienducha y puso en Salamanca la mejor zapatería que se conocía.

Aurora María de Azkue, de Lekeitio.