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Mercaderes vascas: tres casos para ilustrar un perfil Destacado

Escrito por Janire Castrillo, Doctora en Historia. UPV/EHU

Las miradas a la historia se realizan, muchas veces, desde una óptica androcéntrica. Por ello son necesarias lecturas que contrarresten los vacíos que a veces se crean en el relato respecto a las mujeres. En esa dirección, buscamos aquí sacar a la luz el papel de las mercaderes vascas de finales de la Edad Media. Para ello, nos centramos en Lekeitio y atendemos a las figuras de Toda de Licona, Mari Juan de Meceta y María Pérez de Larrinaga. Tres personajes de finales del siglo XV, que ilustran la influencia de las mujeres de las familias de la élite mercantil vasca en distintos ámbitos.

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DOÑA TODA DE LICONA

Doña Toda de Licona, cuando testó en 1515, mandó ser enterrada junto a su madre en la iglesia de Santa María de Lekeitio, reflejando el vínculo que mantenía con su familia de origen. No en vano, pertenecía a los Licona, uno de los linajes más poderosos de la villa, con protagonismo en el concejo y en las escribanías. Esta mujer destacaba por su patrimonio, formado por casas, huertas, viñedos, castañales y valiosas prendas de vestir. Seguramente, alimentaba esa hacienda participando en la vida portuaria, ya que indicaba tener “reçibos, cuentas, mercaderias e tratos tengo por escrituras, albalas e conosçimientos padrones e cuentas”.

Para entonces, hacía ya tiempo que había enviudado de Pedro Sáez del Puerto, maestre de nao, con quien no habían tenido descendencia. Afirma tener todo el caudal hereditario de su esposo con “derecho e facultad de poder disponer dellos libremente, a mi boluntad, commo de mis propios bienes”. En efecto, ejerció esa libertad de manera inteligente y pragmática, nombrando herederos a dos parientes casaderos de cada rama familiar, a quienes ordenó contraer matrimonio, en un acto sintomático del peso decisorio femenino en la conformación genealógica y patrimonial del patriciado urbano: “Dexo por mis universales herederos a mi sobrina, Domeca de Çareca, hija legitima de mi hermano Innigo de Çabala, e San Juan del Puerto, sobrino del dicho Pero Saes, mi marido, hijo legitimo de su hermano Juan del Puerto. Los quales mando que se casen en uno e consuman matremonio”.

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Lekeitio, siglo XVI.

DOÑA MARI JUAN DE MECETA

Mari Juan era hermana del capitán de la armada vizcaína, Iñigo de Arteita, maestre de nao muy influyente en el concejo y la cofradía de mareantes de San Pedro de Lekeitio. El testamento que otorgó en 1510 en su casa-torre, siendo ya viuda de Juan Pérez de Landa, certificaba su riqueza. Pero también una intervención manifiesta en actividades económicas diversas, que permiten hablar de su sustancial contribución a la erección del conjunto patrimonial que dotaba de prestigio a su linaje. En él registró su titularidad sobre “la otaba parte que tengo e me perteneçe en la nao de San Sebastian de Jauregui, maestre” y dejó constancia de su participación en el armado y flete de barcos, al afirmar tener pendiente de cobrar cierto dinero que había invertido “en la armada de la carabela de Juan Martinez de Hormaegui, por lo que puse este año y en el año pasado en los biajes de la pesca”.

También dejó rastro de su actuación en el ámbito de la comercialización del hierro, ya que, entre otros, Pedro de Olaeche le debía el valor de quinientos quintales. Y lo mismo en relación a la producción de vino, al referirse a “los binos que cogi este año e tengo en mi casa”. Finalmente, afirmó que “tengo las quentas en mi casa de todo lo que tengo puesto”, en referencia a los libros de cuentas en los que tenía anotadas sus transacciones monetarias.

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Palacio Uriarte (Lekeitio). Construido sobre la casa-torre que perteneció a Mari Juan de Meceta.

MARÍA PÉREZ DE LARRINAGA

Las familias que estaban despuntando por la riqueza generada gracias al comercio utilizaron el patronazgo artístico para ensalzar su prestigio social. Un ejemplo lo encontramos en Elvira de Larrinaga, viuda, que en 1506 realizó un particular encargo funerario a favor de María Pérez de Larrinaga, su sobrina, de quien era albacea. Donó un sustancioso patrimonio para construir “las vidrieras e choros” de la parroquia de Santa María, a cambio de que “al pie de la dicha obra sea puesta la figura y busto personal de la dicha Maria Perez, lo mas devotamente que se pueda, con sus cuentas figuradas en la mano”. Todo ello, acompañado de un rótulo donde “se escrybiese en commo la dicha donna Maria Perez, con su azienda e vienes por memorya, abia fecho fazer la dicha obra”.

Buscaba, por lo tanto, la proyección pública y la memoria de María Martínez Pérez , con un lenguaje plástico de un gran simbolismo del poder económico. Esta burguesa, había estado casada con Martín Martínez de Acha, mercader y constructor de barcos, siendo poseedora, junto a él, de dos casas, dos carabelas, numerosos terrenos y grandes sumas monetarias. También de objetos de uso doméstico, como cucharas y tazas de plata, junto a cintas de plata, “botonaduras e sortijas” y otras joyas, que habría utilizado para manifestar externamente su poder social.

De manera que los tres personajes ejemplifican las facultades femeninas en la toma de decisiones para articular el devenir familiar, su contribución a los negocios que sustentaban el patrimonio que distinguía a estas familias de comerciantes en Lekeitio y su papel a la hora de representar socialmente el poderío personal.

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Mujeres vizcaínas yendo a la iglesia.

 

Elkano Fundazioa

Enríquez, J.; Hidalgo de Cisneros, C.; Llorente, A. y Martínez, A. (1992): Colección Documental del Archivo Municipal de Lequeitio (1514-1520), t. III. San Sebastián, Eusko Ikaskuntza

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